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Energía y espiritualidad natural

 

La tierra es un cuerpo igual al cuerpo humano. Así como en nuestro organismo tenemos centros energéticos que coinciden con centros orgánicos de gran importancia para el funcionamiento corporal, el planeta -que también es un ser vivo- tiene centros de energía importantísimos, que equivalen al corazón, al hígado, los pulmones y los intestinos del planeta.

 Durante lo que llamamos el ciclo anterior, el planeta estuvo regido energéticamente por los Himalayas, esa cadena montañosa de polaridad masculina. Ese centro energético rigió la espiritualidad natural del planeta.

 La necesidad que tiene el ser humano de conectarse con la fuente creadora, no a través de otros seres que le sirvan de intermediarios, sino a través de su propio sentir y observar, a eso se le llama espiritualidad natural. Si observamos la belleza de una flor, comprendemos que allí reside un profundo misterio. En algo tan simple como su perfume, su aroma, su forma y su color. Es un milagro, al que llamamos la sonrisa de la Pachamama.

 La conexión con una flor, con la luz, con la energía de un árbol, con el fluir del agua en un río, en el mar o en el océano, nos va permitiendo comprender esa energía que somos todos: agrupados los átomos de diferente manera, con formas distintas, pero todo está vivo y todo ese organismo es el planeta Tierra. 

No es necesario ir un día a la semana a un lugar especial, a una iglesia, para encontrarse con Dios. Dios, la energía creadora, está en este encuentro, está en la estrella, en el infinito, en ese árbol, que es un maestro.

 No necesitamos ningún intermediario para darnos cuenta de que el fuego es un comunicador con el Gran Espíritu: sólo basta invocarlo, y observarlo para que nos enseñe el arte de la transformació n: le entregamos algo concreto -una rama seca- y la sutiliza, la transforma en algo sutil. El fuego nos enseña que también nosotros podemos sutilizarnos, espiritualizarnos y ser más abiertos para comprender.

 

Femenino y masculino 

Los Himalayas, entonces, rigieron energéticamente la vida del planeta, aun para quienes no creen en la espiritualidad natural. Los Himalayas tienen una polaridad masculina, por lo que provocaron que todo lo masculino prevaleciera.

 Tanto en hombres como en mujeres, en toda la Naturaleza, cada átomo tiene permanentemente las dos energías, masculina y femenina, entretejiéndose maravillosamente para dar lugar a cada una de las actividades e instancias de nuestra vida. En algunos seres predomina la energía femenina y en otros la masculina, pero en todos existen ambas.

 La polaridad masculina favorece todo lo que sea activo. Por ejemplo, en el acto de sembrar la tierra, la energía masculina es la que va a abrir el surco, y va a dar la fuerza con que la semilla se abre. La femenina es la que permite la transformació n de la semilla. Se dice habitualmente que la energía masculina es la que posee el conocimiento en acción; y la femenina es la que produce la transformació n. Entonces lo masculino, que es la fuerza del intelecto, predominó en el ciclo planetario anterior. Así se explica el patriarcado, el hombre exitoso, la mujer relegada a ciertos planos de la actividad y de la vida.

 

Pero la vida integral del planeta se revierte, porque todo es cíclico, como las estaciones .Los Himalayas adormecen paulatinamente esa energía para dar paso a la energía de los Andes, la única cadena montañosa que magnetiza el planeta de polo a polo. Los Andes tienen una predominancia energética femenina, por lo que favorecen el desarrollo de la creatividad, la pasividad creativa, la intuición.

 Esta polaridad femenina actúa sobre todos los seres. No es casual que se vaya manifestando en todos los planos esta necesidad de la creatividad, esta vigencia más revalorizada de la intuición y de los aspectos transformadores y protectores.

 

El ciclo de los Andes 

Con la espiritualidad regida por la energía femenina de los Andes, se favorece la comprensión sin intermediarios: que cada uno sea su propio sacerdote para comunicarse con el Gran Espíritu.

 Este fenómeno era conocido para los indígenas de sabiduría, así como para todas las espiritualidades naturales -como la oriental- que en sus profecías se refirieron a estos tiempos, mencionando incluso un hecho que iba a marcar la apertura de este nuevo ciclo: el Premio Nobel de la Paz otorgado a una mujer indígena, Rigoberta Menchú.

Este hecho fue casi simultáneo al comienzo del tercer milenio y a los 500 años de la conquista de América por los europeos.

 El nuevo ciclo se manifiesta en hechos externos e internos. Si estamos atentos a nosotros mismos observaremos cómo estamos más serenos en la acción, cómo la intuición comienza a despertar y la creatividad necesita manifestarse. Es importante navegar a favor de esta fluidez energética, pues en realidad todos nos estamos transformando.

 Por otra parte, desde el universo recibimos una energía diferente. La capa de ozono semidestruida -por la incoherencia del hombre del ciclo anterior- tiene su aspecto positivo, pues permite que entre al planeta la energía solar y de todo el universo de una manera más potente. Esta energía también favorece nuestra mutación junto con el planeta. 

No es casual que cada vez más necesitemos encontrar el sentido de nuestra vida. Esto es descubrir una conexión verdadera con la fuente de la energía universal. Llamémosle desde lo indígena Gran Espíritu, Inti Jinti, Sol de Soles, Energía Creadora, el nombre que queramos darle. Al conectarnos con esa energía comprendemos que nuestro paso por el planeta no es casual: ¿qué hemos elegido -voluntariamente- los seres humanos con este vestuario, en este momento, en este lugar en el que cada uno está? Cada uno de nosotros tiene una misión que cumplir: hemos venido a la tierra para aprender, pues la tierra es una escuela. Al comprender, vamos evolucionando.

 

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